7 de julio de 2015

Realidades en cursiva y lenguaje inclusivo -incursivo-

Este artículo va por mí y por todxs mis compañerxs.



Hace unos años cayó en mis manos un artículo de El País firmado por Pedro Álvarez de Miranda, uno de esos entrañables abueletes miembros de la Real Academia de la Lengua Española. El artículo se titulaba “El género no marcado”, en el que con la pretensión de defender “la condición inamovible del masculino como género no marcado “, ridiculizaba cualquier postura que intentase cuestionar este hecho.

Por aquel entonces no disponía de las armas herramientas, para enfrentarme a este tipo de artículos. Pero una crece, aprende, lee a Despentes (la cito siempre porque es de lectura obligatoria, La teoría King Kong es un MUST), tratados de brujería de las W.I.T.C.H. y lindezas por el estilo, y... ¡bum!: lo que era una educada señorita descontenta por la sexista desigualdad del sistema de pronto deviene en hembrística feminazi y la cosa cambia (el tono de este post es para demostrar que, contrariamente a lo que se creía, las feministas no sólo tenemos guasa como el señor Álvarez de Miranda, sino también bastante más salero). Así que vamos al meollo del asunto.

El artículo comienza estableciendo metáforas para hacer ver al lector -o lectora- qué es eso del género no marcado, y pone como ejemplo que, en los procesadores de texto, la letra redonda es la que viene por defecto (lo que vendría a ser el género no marcado, el masculino) y luego hay otras anomalías como la cursiva (lo que sería el género marcado, femenino). Ésta ha sido siempre la realidad femenina. Nosotras somos “lo otro”, lo raro, la anomalía, lo que se diferencia del defecto. Y esa realidad no es casual, encontramos la explicación en esas arduas consideraciones antropológicas en las que el señor Álvarez de Miranda no quiere engolfarse. Pero si, como bien dice en su artículo, ni siquiera ha tenido a bien leerse una mísera guía de lenguaje no sexista, efectivamente es que el asunto le importa un pimiento. O pimienta.

En las guías de lenguaje no sexista, no dice que haya que cambiar la frase “los árboles y las plantas están secos” por “los árboles y las plantas están secas”, haciendo que el género no marcado sea ahora el femenino. Aunque oye, quizá se podría cambiar la norma -si nos diera la gana- y decir, por ejemplo, que si en una enumeración el último elemento de la misma es de género femenino, el plural debe ir también en femenino. Podría ser válida al estar basada en la lógica y no ser considerada dramática, ya que el señor Álvarez de Miranda parece estar tan preocupado por desdramatizar cosas y relativizar lo que ya de por sí es bastante relativo y parcial.

Siempre me ha hecho gracia ese as tan maravilloso que se sacan de la manga los lingüistas (género no marcado y excluyente a conciencia en este caso, que para eso hay tanto carcamal con O mayoritaria en la RAE) llamado principio de economía. Pensaba que los lingüistas estaban preocupados por nombrar y delimitar bien la realidad, que de la economía ya se encargaban los economistas. Pero, ay, es que hay realidades que importan menos que otras. Realidades en cursiva.

¿Qué pasa por decir “tengo tres hijos y dos hijas”, si tienes tres hijos y dos hijas? ¿Vas a morir por no decir “tengo cinco hijos” y hacer que de pronto tu hogar parezca un nido de numerarios varones del Opus Dei? ¿No puedes hacer excepciones a la hora de hablar y escribir y decir “compañeros y compañeras”, haciendo así sentirse a la mitad de tus oyentes o a tus lectoras incluidas en un sistema que las ningunea por... sistema? ¿Importa más el altar donde se sostiene “el principio de economía del lenguaje” -salpicadura de semen aquí- mientras invisibilizas y niegas la mitad de la realidad? ¿Cuál es el precio? ¿Gastar dos segundos más de tu tiempo? ¿El rayo fulminante de la RAE caerá sobre ti y te hará decir almóndiga hasta que se te sequen las papilas gustativas si lo haces? La estupidez que dice sobre la Plataforma Ciudadana en Defensa de la Intolerable Discriminación del Plural es fácilmente desmontable, al igual que el discurso anterior: ni el plural, ni el futuro, ni las plantas son personas. Las mujeres sí. Notición. Y queremos vernos representadas en el lenguaje que también compartimos con los hombres, ¡cuánto dramatismo!


Si cojo un periódico y leo en un titular “Los andaluces han sufrido un aumento de casos de cáncer en la última década”, al ser andaluza puedo entender en ese uso del masculino plural estoy incluida, para, después, descubrir leyendo la noticia que sólo se refiere al cáncer de próstata. Es decir, que es un uso del masculino en exclusiva. Esto de empezar leyendo algo que crees que te atañe pero que luego no, sólo nos pasa a las mujeres. Así que ya que tenemos que lidiar con que el género masculino sea el no marcado en este idioma nuestro, hacednos la vida más fácil a las féminas y poned solución a las situaciones en las que su función simplemente no basta.

Es cierto que es difícil luchar contra el machismo en el lenguaje – machismo, ya lo he dicho, sí, sexismo es cutre, estamos hablando de machismo doliente y moliente, y además a las feministas cada vez que decimos machismo o patriarcado nos dan cinco puntos en el carnet de feminista que luego pueden ser intercambiados por interesantes juguetes eróticos que sólo compartimos con otras mujeres, intersexos u hombres feministas, se siente-. Pero luchar contra el machismo (¡10 puntos!) del lenguaje es posible.

Hay muchas formas de hacer que el lenguaje sea inclusivo, no sólo la redundancia. Cambiar “Los hombres” por “las personas” o “el ser humano” -denúnciame, Álvarez de Miranda, a la Plataforma Pluralista-. Los famosos epicenos de los que habla este señor en su artículo son perfectamente válidos y, de toda la parrafada, es la única cosa útil que dice prácticamente. No hace falta decir miembra, entiendo que es un término muy virulento que nunca sabes cuándo va a estallar, pero hay expresiones o sinónimos que según el contexto pueden utilizarse y no son excluyentes: las componentes y los componentes, quienes pertenecen a... Hay excelentes guías para un uso inclusivo del lenguaje en universidades y asociaciones feministas. ¡Claro que se puede hacer un lenguaje real y no machista, y aún así entendernos! Imagínense, las mujeres llevamos milenios entendiéndonos en masculino.

Álvarez de Miranda termina soltándonos una casposa anécdota sobre el pronombre femenino en italiano y su comparación con nuestra vetusta forma vuestra merced. Qué bonico, qué galante, qué caballero. Así que no, señor Álvarez de Miranda (¿se ha dado cuenta de que llevo mentándolo tooodo el artículo de forma cansina y aún así no me ha llegado el rayo del cipote del altar del principio de economía a pesar de ser su apellido más largo que el cauce del Guadalquivir?). No nos conformamos con esa parva compensación. No somos una nimiedad en la población y lo lógico es que tampoco lo seamos en el lenguaje.

Es cierto que la estructura del castellano está sólidamente aferrada a esa condición inamovible del masculino como género no marcado. Casi tanto como el patriarcado (15 puntos) en todas las mentalidades de todos los seres humanos del planeta. Pero quien hace la ley, hace la trampa, y se puede jugar a hacer malabarismos con las reglas hasta conseguir que las excepciones se conviertan en norma. Es la evolución natural del lenguaje y nadie se lleva las manos a la cabeza por aprender a decir whatsapp, bit o adsl, palabrejas mucho más difíciles que nuestro normalizado uso del femenino en gramática (cuando interesa). Se puede jugar a invisibilizar o maquillar a ese masculino no marcado todo lo posible. Hacer con él lo que el lenguaje ha hecho con nosotras durante tanto tiempo. La normas del juego son las mismas: lo que no se nombra no existe. Y no existe una única realidad masculina inamovible, qué queréis que os diga. Eso sí que no ha existido nunca jamás en la puñetera vida, desde que la reproducción sexual fue un hecho, nos distinguió de las amebas y nuestra especie la adoptó para sí.

Se nos acusa de ingenuas por querer cambiar el lenguaje, cuando lo que tiene que cambiar es la sociedad. Y sí, estoy de acuerdo, la sociedad todavía tiene mucho que cambiar y será siempre el primer motor para evolucionar. Pero, eh, que la sociedad ya está cambiando. Por eso nos estamos cuestionando el lenguaje. Por eso es ahora al lenguaje al que le toca cambiar. Y no para volverse más pobre e incompleto, sino para abrazar a esa otra realidad cursiva que siempre termina con A.

Y un apunte de paso para el Día de la Mujer Trabajadora, el 25N o esos carteles pretendidamente buenrollistas. No te solidarices conmigo porque sea tu madre, tu hija, tu novia, tu amiga. No soy un pronombre posesivo masculino singular. Soy una mujer. ¡Soy alguien! Nómbrame.







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