Este artículo va por mí y por todxs mis compañerxs.
Hace unos años cayó en
mis manos un artículo de El País firmado por Pedro Álvarez de
Miranda, uno de esos entrañables abueletes miembros de la Real
Academia de la Lengua Española. El artículo se titulaba “El género no marcado”, en el que con la pretensión de defender “la
condición inamovible del masculino como género no marcado
“, ridiculizaba cualquier postura que intentase cuestionar este
hecho.
Por aquel entonces no
disponía de las armas herramientas, para enfrentarme a este tipo de
artículos. Pero una crece, aprende, lee a Despentes (la cito siempre
porque es de lectura obligatoria, La teoría King Kong es un
MUST), tratados de brujería de las W.I.T.C.H. y lindezas por el
estilo, y... ¡bum!: lo que era una educada señorita descontenta por
la sexista desigualdad del sistema de pronto deviene en hembrística
feminazi y la cosa cambia (el tono de este post es para demostrar
que, contrariamente a lo que se creía, las feministas no sólo
tenemos guasa como el señor Álvarez de Miranda, sino también
bastante más salero). Así que vamos al meollo del asunto.
El artículo comienza
estableciendo metáforas para hacer ver al lector -o lectora-
qué es eso del género no marcado, y pone como ejemplo que, en los
procesadores de texto, la letra redonda es la que viene por defecto
(lo que vendría a ser el género no marcado, el masculino) y luego
hay otras anomalías como la cursiva (lo que sería el género
marcado, femenino). Ésta ha sido siempre la realidad femenina.
Nosotras somos “lo otro”, lo raro, la anomalía, lo que se
diferencia del defecto. Y esa realidad no es casual,
encontramos la explicación en esas arduas consideraciones
antropológicas en las que el señor Álvarez de Miranda no quiere
engolfarse. Pero si, como bien dice en su artículo, ni
siquiera ha tenido a bien leerse una mísera guía de lenguaje no
sexista, efectivamente es que el asunto le importa un pimiento. O
pimienta.
En las guías de lenguaje
no sexista, no dice que haya que cambiar la frase “los árboles y
las plantas están secos” por “los árboles y las plantas están
secas”, haciendo que el género no marcado sea ahora el femenino.
Aunque oye, quizá se podría cambiar la norma -si nos diera la gana-
y decir, por ejemplo, que si en una enumeración el último elemento
de la misma es de género femenino, el plural debe ir también en
femenino. Podría ser válida al estar basada en la lógica y no ser
considerada dramática, ya que el señor Álvarez de Miranda
parece estar tan preocupado por desdramatizar cosas y relativizar lo
que ya de por sí es bastante relativo y parcial.
Siempre me ha hecho
gracia ese as tan maravilloso que se sacan de la manga los lingüistas
(género no marcado y excluyente a conciencia en este caso, que para
eso hay tanto carcamal con O mayoritaria en la RAE) llamado principio
de economía. Pensaba que los lingüistas estaban preocupados por
nombrar y delimitar bien la realidad, que de la economía ya se
encargaban los economistas. Pero, ay, es que hay realidades que
importan menos que otras. Realidades en cursiva.
¿Qué pasa por decir
“tengo tres hijos y dos hijas”, si tienes tres hijos y dos hijas?
¿Vas a morir por no decir “tengo cinco hijos” y hacer que de
pronto tu hogar parezca un nido de numerarios varones del Opus Dei?
¿No puedes hacer excepciones a la hora de hablar y escribir y decir
“compañeros y compañeras”, haciendo así sentirse a la mitad de
tus oyentes o a tus lectoras incluidas en un sistema que las ningunea
por... sistema? ¿Importa más el altar donde se sostiene “el
principio de economía del lenguaje” -salpicadura de semen aquí-
mientras invisibilizas y niegas la mitad de la realidad? ¿Cuál es
el precio? ¿Gastar dos segundos más de tu tiempo? ¿El rayo
fulminante de la RAE caerá sobre ti y te hará decir almóndiga
hasta que se te sequen las
papilas gustativas si lo
haces? La estupidez que dice
sobre la Plataforma Ciudadana en Defensa de la Intolerable
Discriminación del Plural es fácilmente desmontable, al igual que
el discurso anterior: ni el plural, ni el futuro, ni las plantas son
personas. Las mujeres sí. Notición.
Y queremos vernos
representadas en el lenguaje que también compartimos con los
hombres, ¡cuánto dramatismo!
Si
cojo un periódico y leo en un titular “Los andaluces han sufrido
un aumento de casos de cáncer en la última década”, al ser
andaluza puedo entender en ese uso del masculino plural estoy
incluida,
para, después, descubrir leyendo la noticia que sólo se refiere al
cáncer de próstata. Es decir, que es un uso del masculino en
exclusiva. Esto de empezar leyendo algo que crees que te atañe pero
que luego no, sólo nos pasa a las mujeres. Así que ya que tenemos
que lidiar con que el género masculino sea el no marcado en este
idioma nuestro, hacednos la vida más fácil a las féminas y poned
solución a las situaciones en las que su función simplemente
no basta.
Es
cierto que es difícil luchar contra el machismo en el lenguaje –
machismo, ya lo he dicho,
sí, sexismo es cutre, estamos hablando de machismo doliente y
moliente, y además a las feministas cada vez que decimos machismo o
patriarcado nos dan cinco puntos en el carnet de feminista que luego
pueden ser intercambiados por interesantes juguetes eróticos que
sólo compartimos con otras mujeres, intersexos u hombres feministas,
se siente-. Pero
luchar contra el machismo (¡10
puntos!)
del lenguaje es posible.
Hay
muchas formas de hacer que el lenguaje sea inclusivo, no sólo la
redundancia. Cambiar “Los hombres” por “las personas” o “el
ser humano” -denúnciame, Álvarez de Miranda, a la Plataforma
Pluralista-. Los
famosos epicenos de los que habla este
señor en su artículo son
perfectamente válidos y, de toda
la parrafada, es
la única cosa útil que dice prácticamente.
No hace falta decir miembra, entiendo
que es un término muy virulento que nunca sabes cuándo va a
estallar, pero
hay expresiones
o sinónimos que según el
contexto pueden utilizarse y no son excluyentes: las componentes y
los componentes, quienes pertenecen a... Hay excelentes guías para
un uso inclusivo del lenguaje en universidades y asociaciones feministas. ¡Claro que se
puede hacer un lenguaje real y no machista, y aún así entendernos! Imagínense, las mujeres llevamos milenios entendiéndonos en
masculino.
Álvarez
de Miranda termina
soltándonos una casposa anécdota sobre el
pronombre femenino en italiano y su comparación con nuestra vetusta
forma vuestra merced.
Qué bonico, qué galante, qué caballero. Así que no, señor
Álvarez de Miranda (¿se ha dado cuenta de que llevo mentándolo
tooodo
el artículo de forma cansina y aún así no me ha llegado el rayo
del cipote del altar del principio de economía a
pesar de ser su apellido más largo que el cauce del Guadalquivir?).
No nos conformamos con esa parva compensación. No somos una nimiedad
en la población y lo lógico es que tampoco lo seamos en el
lenguaje.
Es
cierto que la estructura del castellano está sólidamente aferrada a
esa condición inamovible del masculino como género no marcado. Casi
tanto como el patriarcado (15 puntos) en todas las mentalidades de
todos los seres humanos del planeta. Pero quien hace la ley, hace la
trampa, y se puede jugar a hacer malabarismos con las reglas hasta
conseguir que las excepciones se conviertan en norma. Es la evolución
natural del lenguaje y nadie se lleva las manos a la cabeza por
aprender a decir whatsapp, bit o adsl, palabrejas mucho más
difíciles que nuestro normalizado uso del femenino en
gramática (cuando interesa).
Se puede jugar a invisibilizar o maquillar a ese masculino no marcado
todo lo posible. Hacer con él lo que el lenguaje ha hecho con
nosotras durante tanto tiempo. La normas del juego son las mismas: lo
que no se nombra no existe. Y no existe una única realidad masculina
inamovible, qué queréis que os diga. Eso
sí que no ha existido nunca jamás en la puñetera vida, desde que
la reproducción sexual fue un hecho, nos distinguió de las amebas y nuestra especie la adoptó
para sí.
Se
nos acusa de ingenuas por querer cambiar el lenguaje, cuando lo
que tiene que cambiar es la sociedad.
Y sí, estoy de acuerdo, la
sociedad todavía tiene mucho que cambiar y será siempre el primer
motor para evolucionar. Pero, eh, que la sociedad ya está cambiando.
Por eso nos estamos cuestionando el lenguaje. Por eso es ahora al
lenguaje al que le toca cambiar. Y no para volverse más pobre e
incompleto, sino para abrazar a esa otra realidad cursiva que siempre
termina con A.
Y un apunte de paso para el Día de la Mujer Trabajadora, el 25N o esos carteles pretendidamente buenrollistas. No te solidarices conmigo porque sea tu madre, tu hija, tu novia, tu amiga. No soy un pronombre
posesivo masculino singular. Soy una mujer. ¡Soy alguien! Nómbrame.